No sabía por qué, pero escribir era lo primero que le venía a la cabeza cuando se sentía mal. Era un ejercicio que le brindaba la oportunidad de pensar en él mismo, en los datos que su mente procesaba casi subliminalmente y que, en su estado de consciencia habitual, es decir, cuando no escribía, no era capaz de advertir. Esos pensamientos que, a fin de cuentas, eran los que le acababan sumiendo en esa espiral que ahora contemplaba frente a él. Y cuando se veía en el borde, más crecía su temor a caer y más lastre tenía hacia el lado de la caída. Y como ya sabía lo que era estar dentro de la espiral, sabía lo que temía y esto le provocaba más temor.
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